El kit de emergencia: un acto de civismo y solidaridad

 Foto: Archivo de El País

Durante el terremoto de Armenia en 1999, prácticamente toda la población se convirtió en damnificada. Quienes no perdieron su vivienda igual se quedaron sin agua, luz, gas ni alimentos, desbordando el sistema de ayuda humanitaria. En el sismo reciente, en cambio, los servicios continuaron y el comercio funcionó, por lo que la afectación inmediata se limitó a quienes sufrieron daños estructurales.

Cuando pensamos en prepararnos para un terremoto, la primera imagen que suele venir a la mente es la de la supervivencia individual. Imaginamos una mochila guardada en un armario para salvar nuestra propia vida si la estructura del hogar llega a fallar. Sin embargo, un análisis más profundo de las emergencias demuestra que el kit de preparación para 72 horas es mucho más que un instrumento de autoatención: es una herramienta fundamental de civismo, un compromiso ético con la propia familia y un acto de solidaridad directa hacia los sectores más vulnerables de la sociedad.

Kit-de-emergencias-terremoto
Kit de emergencias

Más allá del autocuidado, el kit es una herramienta fundamental de solidaridad indirecta. La dinámica es clara: imagine que los equipos de socorro —como la Cruz Roja o la Defensa Civil— llegan a la puerta de su casa realizando un censo tras la emergencia, tocan a su puerta y le preguntan cuántos habitan la vivienda y qué suministros o ayudas necesitan. Si usted se preparó con anticipación, puede responder con tranquilidad: “No se preocupen, nosotros tenemos insumos para cubrir estos tres primeros días; por favor, vayan y ayuden a otros”. Esa simple respuesta libera recursos, raciones de comida y personal logístico para que sean redirigidos de inmediato a quienes realmente lo necesitan: familias que perdieron sus casas, heridos o personas en extrema vulnerabilidad económica que no tienen la capacidad financiera para armar un kit por su cuenta.

Desde la perspectiva técnica y de respuesta, la ventana de 72 horas es sagrada. Durante los primeros tres días posteriores a un sismo, los cuerpos de socorro —los equipos de búsqueda y rescate, los bomberos y el personal médico— deben concentrar el cien por ciento de sus capacidades operativas y humanas en una sola misión: salvar vidas atrapadas entre los escombros. Cuando la ciudadanía está equipada y puede autoabastecerse durante este periodo inicial, le otorga al Estado y a los organismos de atención el tiempo y el espacio logístico necesarios para organizar las ayudas, habilitar albergues y desplazar maquinaria sin la presión de tener que repartir alimento de inmediato a una población sana.

Esta preparación pasa también por un plano de profunda responsabilidad personal y familiar. Quienes han dedicado años a capacitar a comunidades en prevención suelen poner a las personas frente a un espejo incómodo pero indispensable: si el día de mañana ocurre un terremoto y a su familia le falta agua o alimento, la única palabra que le quedará por decirles es “Perdón”. Un perdón amargo, porque se tenía el conocimiento de lo que debía hacerse y, aun así, por descuido o postergación, no se actuó. Tener la previsión de armar ese kit es, ante todo, un acto de cuidado y amor hacia los nuestros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *