Entre la percepción, la preparación real y la solidaridad responsable.

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Cuando la tierra tiembla, la primera reacción colectiva suele ser de sobrecogimiento y angustia. Es comprensible: el movimiento sísmico sacude nuestro entorno y despierta un temor inmediato. Sin embargo, cuando la calma retorna, resulta indispensable analizar lo sucedido con cabeza fría. Evaluar los hechos nos permite entender la diferencia entre la percepción del desastre y la magnitud real de los daños, así como reconocer los avances y los retos pendientes en la gestión del riesgo.
De la percepción al impacto real: ¿qué pasó en Manizales y la región?

Tras el movimiento sísmico, la sensación predominante en Manizales fue la de haber vivido una tragedia de proporciones devastadoras. La intensidad del remezón y el impacto visual de ver edificaciones con grietas, estructuras inclinadas o el deterioro de símbolos locales tan queridos como la iglesia de la ciudad magnificaron la percepción de catástrofe.
No obstante, al realizar una evaluación técnica, el panorama revela aspectos positivos en términos de ingeniería.
Aunque algunas edificaciones sufrieron averías e inclinaciones, la enorme mayoría se mantuvo en pie. Esto demuestra que la normativa de construcción sismorresistente cumplió su objetivo principal: evitar el colapso masivo de estructuras.
La categoría de desastre cobra sentido real cuando se observa el impacto acumulado al incluir las afectaciones en municipios vecinos de Risaralda, Valle del Cauca, Chocó y otras zonas de la región.
El mito de las réplicas y el retorno a la normalidad
Uno de los mayores obstáculos tras un sismo es el fenómeno de la “zozobra” o parálisis social. Muchas personas dudan en regresar a sus lugares de trabajo u oficinas por temor a la llegada de una réplica.
Es fundamental aclarar un principio físico básico de la sismología: las réplicas nunca son tan fuertes como el sismo principal.
El miedo a las réplicas nace del desconocimiento. Si hemos de sentir inquietud o enfocar nuestra atención en el riesgo, no debe ser ante una réplica, sino ante la realidad de que un nuevo terremoto independiente puede ocurrir en cualquier momento. Antes de este sismo, todos sabíamos que vivimos en una zona de alto riesgo sísmico y aun así asistíamos a trabajar diariamente; por ende, paralizarnos ahora carece de sentido. En lugar de dejarnos consumir por la ansiedad frente a las réplicas, debemos canalizar esa energía en prepararnos adecuadamente para el siguiente terremoto.
Al comparar esta emergencia con eventos históricos como el terremoto de Armenia en 1999, la evolución institucional de Colombia es evidente:
- En 1999: Los cuerpos de socorro locales carecían del entrenamiento especializado, la logística y el equipamiento técnico para atender desastres urbanos masivos.
- En la actualidad: Se cuenta con una capacidad de respuesta organizada a nivel nacional que permitió atender los puntos críticos el mismo día del evento con recursos propios.
Aunque el saldo de pocas personas fallecidas es lamentable, la capacidad instalada del sistema no se vio superada. Sin embargo, mientras las instituciones han profesionalizado su labor, el gran eslabón pendiente sigue siendo la organización y preparación de la ciudadanía.
Superar una emergencia de origen natural no depende únicamente de la resistencia del concreto o de la rapidez de los bomberos o cuerpos de socorro; depende, sobre todo, de nuestro nivel de conciencia. Entender la naturaleza de los sismos, desmitificar las réplicas y asumir la responsabilidad individual de tener un kit de emergencia son los pasos reales para convertir el pánico en prevención y solidaridad efectiva.

